El orgullo del trabajo bien hecho

A mediados del siglo XX, en España, antes de la formación profesional, los oficios se aprendían directamente en el taller. Se empezaba desde abajo, haciendo recados o barriendo, y con los años el aprendiz ascendía a oficial —de tercera, segunda y primera— hasta convertirse en maestro. Solo entonces, ya adulto, estaba preparado para abrir su propio taller.

También podía aprenderse el oficio entrando en un gremio o en una escuela de artes y oficios, pero para la mayoría lo más fácil y accesible era hacerlo en un taller. Muchas niñas y niños, sobre todo los pertenecientes a familias con pocos recursos —que eran la mayoría en aquella época—, dejaban la escuela a edades tempranas y se iniciaban en este proceso de aprendizaje para poder ayudar económicamente a sus familias.

La otra vía de aprendizaje artesanal era haber nacido en una familia ya dedicada a un oficio. Si tus padres eran los dueños de la sastrería, la herrería o la zapatería del pueblo o del barrio, lo más probable era que heredases el oficio, y el negocio pasara de generación en generación.

Estos negocios familiares tenían en común que no solo transmitían el conocimiento y las técnicas de la labor, sino también valores arraigados en la conciencia ética del deber, la responsabilidad, el cuidado y el esmero. Valores que llevaban a sentirse dignos y respetados, reforzando su identidad personal y su sentido de pertenencia a la comunidad.

En los últimos años hemos sido testigos de esta transmisión de legado familiar trabajando con diversos talleres artesanales en España y Alemania, y hemos constatado que ese espíritu, que en esta sociedad tan globalizada pudiera parecer perdido, sigue vivo, aunque quizá en peligro de extinción.

Los talleres con los que hemos colaborado hasta ahora en la realización de mobiliario y objetos de decoración —herreros, fundidores, carpinteros, tapiceros, entre otros— habían pertenecido a sus padres y, antes, a sus abuelos. Todos ellos compartían los mismos valores y se esforzaban por llevar los trabajos a la excelencia, cumpliendo plazos y buscando siempre las mejores soluciones según su conocimiento y experiencia.

En todos se vislumbraba la conciencia de que su prestigio, y el de sus antecesores, estaba en juego, y que el orgullo por el trabajo bien hecho no es negociable.

En una época marcada por la inmediatez y la producción en serie, trabajar junto a ellos nos recuerda que en el tiempo y en la dedicación se esconde una forma de belleza que no debería perderse.