María, primera mujer licenciada en medicina en Italia, había pasado horas observando el comportamiento de los niños discapacitados con los que trabajaba en la clínica y había comprobado que tenían muchas más capacidades de las que se les atribuían. Descubrió, una y otra vez, que cuando trabajaban con materiales manipulativos y actividades de experimentación sensorial, obtenían mejores resultados.
En el barrio de San Lorenzo se encontró con un grupo de niñas y niños de diversas edades, comprendidas entre los tres y los siete años, que nunca habían ido al colegio y que se pasaban el día solos porque sus padres trabajaban o no tenían medios para ocuparse de ellos. De ahí que iniciara su experimento educativo mezclando edades. Los resultados de sus teorías puestas en práctica no tardaron en hacerse visibles.
Aquellas criaturas desorientadas, maleducadas y embrutecidas por la falta de atención empezaron a pasar cada vez periodos más largos de concentración y calma. A los pocos meses estaban irreconocibles. Tanto fue así que comenzaron a organizarse visitas desde toda la ciudad para observar a aquellos niños —antes desahuciados— trabajar durante horas y comportarse con un civismo y un respeto por su entorno insospechados.
¿Qué tenía de especial el espacio donde María inició su magia? En principio, podría decirse que nada, pues era una habitación anodina, en los bajos de una casa de vecindad que albergaba a familias obreras. Pero sí tenía unas características que no tenían tanto que ver con la estética, sino con la percepción del lugar, que lo hacían propicio: tenía luz natural y era amplio y diáfano. Era un gran contenedor neutro que, precisamente por su neutralidad, tenía el potencial de transformarse en lo que fuera necesario. María no dudó en convertirlo en su laboratorio: la primera Casa dei Bambini.
En aquel lugar las niñas y niños se convirtieron en el centro y, por primera vez en sus vidas, fueron tratados con respeto, siguiendo el aforismo de Goethe: “Trata a un ser humano como es y seguirá siendo como es. Trata a un ser humano como puede llegar a ser y se convertirá en lo que está llamado a ser.” Por primera vez, se les pusieron límites.
María creó lo que ahora se conoce como ambiente preparado, característica principal del método Montessori, que se basa en habilitar el espacio para que los niños se desenvuelvan con independencia y responsabilidad.
Disponía de escasos recursos e hizo fabricar muebles sencillos, del tamaño de los niños. Creó materiales de trabajo con materias primas naturales —madera, tela y metal— y los dispuso en diferentes áreas, siempre al alcance de sus pequeños alumnos. Aquel inicial cuarto banal se había convertido en un aula ordenada y funcional.
La atmósfera sosegada y armoniosa, a la vez que sencilla, proporcionó a las niñas y niños un entorno seguro donde poder concentrarse y desarrollarse, cada uno a su ritmo. Sentados en mesas individuales, en pequeños grupos o sobre cojines, todos sin excepción empezaron a cultivar el gusto por la belleza de los objetos reales y sencillos, a cuidarlos y devolverlos a su lugar, manteniendo el orden de la sala.
Actualmente, cualquier aula Montessori situada a lo largo y ancho del planeta conserva la esencia de aquella primera habitación. Es replicable sin importar la cultura o el país en los que se ubique.
Allí quedaron sentadas las bases de las cualidades que las aulas tendrían en los siguientes 120 años y que siguen siendo vigentes hoy en día. Espacios sencillos donde el respeto, la belleza y la autonomía se convirten en una forma pura de educación.
Podrán disponer de más o menos medios, pero en todo caso evitarán el exceso de decoración y el sobreestímulo, en favor de crear equilibrio y belleza, construyendo ambientes acogedores y ordenados que ayuden a las niñas y niños a hacerse responsables de sí mismos y a dar sentido al mundo en el que han nacido.