La primera vez que visité el colegio infantil de nuestra hija y entré en la “Casa de Niños” —así se llama el aula en la que se desarrolla la etapa de 3 a 6 años en el método educativo Montessori— me trasladé al instante, y de forma involuntaria, igual que Marcel al mojar la magdalena en el té en la famosa novela de Proust, a mi parvulario.
Fue el olor lo que me hizo viajar en el tiempo. Yo tendría alrededor de cuatro años. Más tarde descubrí que la cáscara de plátano mezclada en la papelera con las virutas que se crean al sacar punta a los lápices y colores de madera produce un olor característico, que sigue siendo el mismo a pesar de que hayan pasado tantos años.
Al viajar en el tiempo a mi primera aula, vi de nuevo los detalles de aquel espacio que, para mi sorpresa, seguía recordando. Algún año después lo visité físicamente y me impactó constatar que mi memoria no me había fallado, todo estaba en el lugar exacto en el que lo había evocado, salvo un detalle importante: era todo muy pequeño; el edificio, el patio, el pasillo, todo.
Y es que, cuando somos pequeños, todo es muy grande a nuestro alrededor, incluso las personas. Pero si nos centramos en los colegios o en los centros educativos y nos trasladamos a mediados del siglo XIX, todavía era todo mucho más grande para los niños, puesto que ni siquiera el mobiliario estaba adaptado, como ahora, a su tamaño. A todos les colgaban los pies cuando se sentaban en el pupitre.
Es desde la perspectiva y la percepción de estas personas en ciernes, que tienen que mirar siempre hacia arriba para relacionarse con el mundo adulto —por lo menos hasta llegar a la adolescencia—, que abordamos esta serie de escritos sobre arquitectura y espacios educativos.
Cada artículo hablará de un sistema educativo y de cómo este ha creado y adaptado sus espacios a su método, para favorecer, o no, el desarrollo óptimo de los niños.